
Nunca había llorado tanto en el cine como lo hice viendo Tan fuerte y tan cerca, una película con la que todos nos sentimos identificados por una cosa u otra.
Tan fuerte y tan cerca no es más que una búsqueda de la inmortalidad, de la permanencia y del contacto con los que ya no están con nosotros. La búsqueda de un niño que diseña estrategias para resolver un enigma que lo acerque a su padre. Un niño que con cierto grado de autismo se propone darle sentido a todos los hechos de la vida sin lograr entender la muerte.
Todos necesitamos algo en que creer, algo que buscar sabiendo que no siempre lo vamos a encontrar. Es la búsqueda de un futuro que logre prolongar los recuerdos del pasado.
Después de verla me pregunté qué es lo que hace que Tan fuerte y tan cerca sea una gran película. Y ahí descubrí que no se priva de jugar con nuestras emociones, de darnos golpes bajos que nos hagan caer y de mantenernos la esperanza hasta último momento. Nos engaña y nos daña mientras nos regala una enseñanza simple pero necesaria: no podemos controlarlo todo, no podemos solucionarlo todo, no hay respuestas para todo… tan solo tenemos que hacer nuestro camino. Caminar, avanzar y buscar un futuro. Tener algo que buscar.


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