El sábado antes de tener clase de Inglés estuve sentado en diferentes partes de la Ciudad Vieja. Mientras esperaba, observaba y escuchaba canciones de Cocoon.
En la Plaza Independencia observé una de las fuentes, que funciona. Y me di cuenta de que jamás la había observado, no me había puesto a sentir el movimiento del escaso chorro de agua que sale de ella.
En el Teatro Solís me sentí protegido de todo. Mi esnobismo cultural me hacía sentir en casa, en esa casa del Pueblo que solo es visitada por buenos perfumes.
Y sentado en un banco incómodo de la la Peatonal Bacacay, mientras la sombra me hacía sentir frío a pesar de estar en plena primavera, escuché una de mis canciones favoritas de Cocoon. Cathedral. Una historia hecha canción, que parte de las diferencias entre dos personas. Diferencias que no impiden que haya amor. Diferencias que hacen que uno de ellos abandone el lugar y que el otro espere que los tiempos cambien para volver a encontrarlo.
Y esa canción me hace mierda. Y es por eso que me encanta escucharla, me hace feliz. Porque creer que la felicidad es estar siempre riendo, es una visión estúpida de ella. Esta canción me hace sentir.
I came from the valley and you came from the sea. You smelt like the sand. How far up the river would you go, would you go, to meet me again. And I build a cathedral. With the shells that you hid in a hole in a tree. And I loved the words you said. When I told you what the ravens sing in my dreams.
You pushed on my heart every night and every day to keep me alive. And you kissed my mouth and I learned to walk and I learned to try. Oh can you hear the horses? It means the season changes, it means the season changes.
When the river overflows. I'll run to the bridges, I'll run to the bridges. And for now don't be afraid, if the sun never rises, the sun never rises. There's a time to let it grow, a time to let it slow. And a time to let it go.


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